El streaming de datos puede mejorar la gestión del turismo masivo

Seis años después del frenazo de la COVID-19, el viaje internacional vuelve con fuerza y reabre el debate sobre cómo equilibrar crecimiento, sostenibilidad y convivencia. La tecnología, y más concretamente los datos, pueden colaborar a ordenar flujos, proteger entornos y mejorar la seguridad.

Tras el punto y seguido de la pandemia de COVID-19, y con una recuperación del sector turístico que apunta con superar globalmente los números previos a los eventos de 2020-21, la Organización Mundial del Turismo estima que en 2030 se alcanzarán los 1.800 millones de visitantes internacionales, por encima de los algo más de 1.500 millones previos a la pandemia.

Hoy el turismo aporta en torno al 10% del PIB global y sustenta uno de cada diez empleos. En España, según un informe del Consejo General de Economistas, se proyecta que el sector aumente su peso hasta el 13% del PIB, con especial incidencia en comunidades como Cataluña, Canarias, Baleares, Andalucía o la Comunidad Valenciana.

Este avance convive con una realidad menos homogénea: los beneficios no siempre se reparten de manera equitativa, y crecen las tensiones sobre comunidades locales, ecosistemas frágiles e infraestructuras envejecidas.

En paralelo, algunos destinos experimentan con nuevos instrumentos de control; por ejemplo, Venecia ha retomado su tasa de acceso de cinco euros para gestionar la afluencia en temporada alta —tras convertirse el año pasado en la primera gran ciudad turística que cobra por entrar— y, en el ámbito nacional, afloran iniciativas en ciudades como Santiago de Compostela o Toledo.

La pregunta es compartida por muchos destinos: ¿cómo hacer que el turismo funcione para todos?. La respuesta que gana terreno se apoya en datos en tiempo real, es decir, en información actualizada al minuto para ajustar decisiones operativas y de planificación, equilibrando crecimiento, sostenibilidad, seguridad y calidad de vida.

De la protesta al gobierno del flujo

El debate no surge en el vacío; en Barcelona han vivido protestas contra el turismo masivo y su ayuntamiento se ha comprometido a endurecer la regulación de los alquileres vacacionales para aliviar la escasez de vivienda asequible. No es un caso aislado, puesto que otras ciudades españolas como Santiago de Compostela o Toledo y, en el exterior, Lisboa a Kioto, registran movilizaciones de residentes y colectivos que denuncian el impacto de un volumen de visitantes que perciben descontrolado y que transforma barrios y centros urbanos.

Ante este contexto, administraciones y organismos turísticos están recurriendo a la analítica operativa. En términos prácticos, “datos en tiempo real” abarca sensores de recuento de personas en calles y recintos, datos móviles anónimos que detectan concentraciones, sistemas de venta de entradas que limitan accesos en función de la ocupación y análisis de publicaciones en redes sociales para anticipar “puntos calientes”. El objetivo no es solo medir, sino generar señales útiles y oportunas que permitan intervenir a escala de horas o incluso minutos.

Un ejemplo es Feel Florence, en Florencia: a partir de sensores distribuidos por la ciudad, la aplicación muestra la ocupación de las atracciones y propone alternativas menos concurridas, descongestionando los lugares más demandados y distribuyendo mejor el gasto por los barrios. En el Reino Unido, VisitScotland combina inteligencia artificial y datos en tiempo real para monitorizar destinos y recomendar opciones más tranquilas antes de que se alcance la capacidad en los puntos de mayor demanda.

Sostenibilidad y seguridad con tecnología

El uso de datos en tiempo real también se orienta a objetivos ambientales. Por ejemplo, en Abu Dabi se han probado soluciones de monitorización para apoyar la conservación del oasis de Al Ain, Patrimonio Mundial de la UNESCO. Contadores de visitas, información móvil y sensores medioambientales permiten seguir la presión sobre los palmerales y redirigir flujos cuando se aproximan a su límite. Este enfoque subraya que la sostenibilidad y la seguridad no pueden depender de informes estáticos de periodicidad anual, sino de indicadores actuales que habiliten respuestas inmediatas.

La vertiente de seguridad pública gana igualmente peso. Ciudades de todo el mundo integran fuentes de datos para informar en tiempo real sobre huelgas, retrasos o aglomeraciones, facilitando cambios de ruta y una movilidad más previsible para residentes y visitantes. Fuera de los núcleos urbanos, equipos de rescate de montaña utilizan contadores de senderos y sensores meteorológicos en directo para vigilar rutas populares; cuando las condiciones se complican, las alertas a través de aplicaciones locales o SMS reducen riesgos y optimizan la respuesta de emergencias.

El horizonte que se dibuja es claro: el turismo seguirá siendo un motor económico de primer orden, pero su expansión debe acompañarse de responsabilidad. Para llevarlo a la práctica, ayuntamientos, oficinas de turismo, operadores de transporte y empresas deben invertir en infraestructura digital, colaborar de forma abierta y actuar sobre conocimientos compartidos derivados de los datos. Hecho con rigor, este marco contribuirá a que los destinos prosperen para visitantes, residentes y generaciones futuras.