Es de suponer que con la sana intención de poner a debate la capacidad europea para reconstruir y desarrollar la industria tecnológica en ámbitos como el diseño y la producción de microchips, y afrontar el reto de pilotar su propio destino en el ámbito de la inteligencia artificial, la organización del Mobile World Congress reunió en la misma sala a Jean François Fallacher, CEO de Eutelsat (firma dedicada a la conectividad satelital), Marc Murtra (presidente y CEO de Telefónica), y Timotheus Hoettges (CEO de Deutsche Telekom), todos ellos moderados en una mesa redonda por Vivek Badrinath (director general de la GSMA, quien se estrenara ayer en el congreso).
Antes de explicar lo que dijeron, un apunte de cariz personal (aunque esto no sea una columna de opinión, sinó una noticia): cada uno acudió a «hablar de su libro», es decir, a posicionar su sector de negocio como prioritario para la soberanía digital europea, con lo que la conclusión es que, o bien poder desarrollar todo lo digital lo es, o bien en la Unión nos vamos a quedar cojos porque sólo vamos a enfatizar en la conectividad satelital, la conectividad de fibra y móvil, los servicios digitales, o las tres cosas, pero la producción de microchips o realizar un «push» para potenciar los modelos de lenguaje de IA propios, quedó un poco en segundo plano, aunque voy a tratar de ponerlo un poco más de relieve en este texto.
¿Por qué la UE debe aspirar a la soberanía tecnológica? No es por un tema de autosuficiencia o autarquía (esto último casi nunca sale bien en ningún aspecto), sino para poder ser competitiva ante «monstruos» económicos como son los Estados Unidos y China, frente a las cuáles el viejo continente ha ido perdiendo terreno a lo largo de las últimas décadas.
Para lograr una autonomía estratégica real y rentabilizar las fuertes inversiones en inteligencia artificial y conectividad satelital, los tres representantes del sector reclamaron una mayor consolidación del mercado y el respaldo de las administraciones públicas en la construcción de un verdadero mercado único que les permita escalar sus económias expandiéndose por Europa, así como facilitando fusiones y adquisiciones entre países, para crear compañías de mayor tamaño, con más recursos y mayor fuerza que sus homólogas estadounidenses y chinas.
En este sentido, los tres coincidieron en aducir al actual mercado europeo (teóricamente único pero, a la práctica, fragmentado) el intentar hacer frente a los retos de un modelo sustentado en servicios globales en la nube que ha generado una demanda creciente de redes de nueva generación, con normativas concebidas para solventar las necesidades de principios de siglo. Esto, en opinión de los ponentes, ejerce una enorme presión sobre un modelo regulatorio diseñado para una época totalmente distinta.
En sus orígenes, la industria europea de las comunicaciones fue estructurada de manera fragmentada por diseño, lo que a día de hoy supone un obstáculo estructural para la creación de plataformas y servicios globales. Históricamente, esta falta de recursos y de márgenes de beneficio impidió a las operadoras europeas invertir en infraestructuras en la nube al mismo ritmo que lo hicieron otras empresas asiáticas o norteamericanas.
La excesiva burocracia que no disminuye, y la ausencia de incentivos reales para la inyección de capital en tecnología, son otros problemas diagnosticados por el panel de directivos que, junto a los anteriores, desembocan en una situación en la que el continente europeo carece de la capacidad de crear empresas que puedan escalar su negocio, lo que provoca una fuga de riqueza hacia el exterior.
¿Cuál fue la receta propuesta para alcanzar una verdadera soberanía tecnológica? Aquí es donde, a mi parecer, la cosa se torció un poco, porque cada uno de los participantes apostó por su sector; así, Fallacher dio prioridad a la conectividad satelital, mientras que Hoettges hacía lo propio con la conectividad terrestre (cable y celular), y Murtra apostaba por los productos digitales.
Algo que sí me gustó del discurso del presidente y CEO de Telefónica es lo que interpreto (visión exclusivamente personal, advierto) como una «pua» a la Unión Europea y, más concretamente, a los partidos que conforman el gobierno español: crear servicios digitales como redes sociales es fácil, lo complicado es captar al público usuario. Y digo que me parece una «pua» porque ha habido intentos europeos de contrarrestar a X/Twitter, como Mastodon, y desde instancias del gobierno español se ha acariciado la idea de crear algún tipo de red social pública bajo el argumento de evitar los discursos del odio en X.
El de la ciberseguridad fue un ámbito en el que los tres participantes coincidieron en afirmar que Europa necesita de esa soberanía, así como sistemas de inteligencia artificial para evitar que información sensible o algoritmos dependan de plataformas de terceros países.
Frente a estas acuciantes necesidades, los recientes marcos europeos de seguridad imponen a los operadores la estricta obligación de reemplazar los equipos de proveedores foráneos en sus redes, una directriz que el sector percibe como una costosa imposición que consume recursos económicos sin fomentar la innovación tecnológica propia. Esta falta de agilidad institucional choca bruscamente con la vertiginosa velocidad a la que evoluciona la inteligencia artificial, que ha transformado los métodos de programación y pruebas en apenas unos meses mientras la regulación permanece inalterada e ineficiente.
Como solución a largo plazo, el sector tecnológico demanda una urgente consolidación del mercado y una desregulación enfocada en la agilidad operativa que permita competir en igualdad de condiciones a nivel internacional. Las propuestas corporativas pasan por adoptar con naturalidad modelos de éxito de otras regiones, eliminando las trabas administrativas y burocráticas para facilitar fusiones y adquisiciones que doten a las empresas europeas del volumen necesario para asumir mayores riesgos de investigación y desarrollo.
La estrategia sugerida prioriza la inversión tecnológica mediante una especie de contrato social, en el cual el incremento de escala empresarial se debe traducir en mejores servicios y mayor eficiencia, abandonando divisiones de negocio obsoletas y construyendo un mercado digital único real en todo el continente.
En definitiva, pues, la industria defiende mantener una postura de colaboración internacional alejada de la ingenuidad, asimilando la innovación de terceros países pero garantizando el control absoluto sobre los componentes más críticos de toda la cadena de la transmisión de datos.



