La accesibilidad digital mantiene la brecha tecnológica en Europa

La brecha digital en Europa persiste pese a los avances tecnológicos y normativos, afectando especialmente a personas mayores. La startup catalana Bleta señala que el problema radica más en diseños que no consideran las necesidades reales de los usuarios que en la falta de herramientas.
14 de enero, 2026
Digital Inside_brechadigital_accesibilidadweb

La brecha digital en Europa persiste como un fenómeno de fondo, incluso en un momento en el que la tecnología se renueva con rapidez y la regulación ha ampliado las obligaciones de accesibilidad. Según los últimos datos disponibles, el 97% de las páginas web del sector privado europeo no cumple los estándares de accesibilidad exigidos por la legislación vigente. El efecto práctico de este desajuste es que una parte de la ciudadanía queda fuera de servicios y contenidos digitales que, en la práctica, se han vuelto cotidianos para relacionarse con empresas, administraciones y plataformas.

El European Web Accessibility Monitor sitúa el cumplimiento pleno en niveles residuales. El monitor europeo indica que menos del 3% de las webs privadas analizadas cumple completamente los criterios de accesibilidad establecidos. Esta fotografía llega después de la entrada en vigor de la Ley 11/2023, que transpone la Directiva Europea de Accesibilidad y amplía el marco de obligaciones en diseño y usabilidad digital. En términos operativos, el nuevo marco eleva el listón de lo exigible, pero los resultados muestran que el mercado privado aún no ha interiorizado esos requisitos de forma generalizada.

Desde Bleta (una startup catalana especializada en tecnología accesible), advierten de que el problema tiende a agravarse por la propia dinámica del sector. Su lectura es que cada año se incorporan nuevos sistemas operativos, aplicaciones y capas de inteligencia artificial orientadas a simplificar tareas, pero que esa evolución se sigue construyendo alrededor de un perfil de usuario idealizado. En la práctica, sostienen, ese “usuario tipo” no refleja la diversidad real de capacidades y contextos, lo que deja a muchas personas en un terreno de fricción constante con la tecnología.

El impacto no es homogéneo en la población. La accesibilidad web se combina con dificultades de uso que se vuelven más frecuentes a medida que aumenta la edad. La Encuesta sobre Equipamiento y Uso de Tecnologías de la Información y Comunicación en los Hogares (INE, 2024) señala que más del 30% de las personas de 65 a 74 años tiene dificultades para realizar tareas digitales básicas. En este grupo se incluyen acciones tan elementales como leer mensajes, navegar por la pantalla de un dispositivo o completar trámites sencillos, actividades que suelen ser el punto de entrada a servicios empresariales y plataformas de autoservicio.

El dato se intensifica en edades más avanzadas. A partir de los 75 años, más de la mitad de las personas reconoce problemas habituales en el uso de entornos digitales. Para Bleta, la evolución por franjas de edad apunta a que la brecha digital no se corrige de forma natural con el paso del tiempo, sino que puede ampliarse si la experiencia digital se mantiene compleja y poco tolerante con errores. Su diagnóstico describe una navegación percibida como hostil y extendida en teléfonos, tabletas y ordenadores, incluso después de que la ley haya fijado criterios de accesibilidad más exigentes.

Entre el cumplimiento técnico y el uso real

En el ámbito empresarial, la accesibilidad suele abordarse como un requisito normativo que se valida con listas de verificación y controles técnicos. Sin embargo, varios informes independientes citados en la información disponible apuntan a un problema recurrente: medidas integradas que no se aplican correctamente o que no resultan funcionales para el usuario final. En ese sentido, el WebAIM Million Report 2024 refuerza la idea de que el cumplimiento formal no siempre se traduce en una experiencia verdaderamente utilizable.

La tesis que plantea Bleta es que el foco se ha puesto con frecuencia en “añadir” accesibilidad al final del desarrollo, en lugar de construirla desde la base. Desde la compañía señalan que no se trataría tanto de una ausencia de funciones como de un uso real limitado: herramientas que existen pero que, por cómo están implementadas o por cómo se presentan, no terminan resolviendo obstáculos cotidianos.

Este desfase también aparece cuando el usuario depende de funciones de accesibilidad integradas en los propios dispositivos. Bleta sostiene que, aunque compañías como Google o Apple incorporan soluciones de accesibilidad, estas pueden quedar ocultas tras configuraciones complejas, requerir conocimientos previos y no eliminar barreras habituales en el día a día. Para un público profesional (responsables de TI y compras) esta observación añade una variable relevante: no basta con asumir que el sistema operativo “lo cubre”, porque el punto de fricción puede seguir estando en la interfaz de una web, una app o un proceso digital concreto.

El diagnóstico de Bleta resume el problema como una cuestión de diseño más que de código: la accesibilidad efectiva dependería de cómo se concibe la interfaz y de hasta qué punto se entiende el uso real de la tecnología por parte de las personas. Bajo esta perspectiva, la accesibilidad no sería un complemento posterior ni un apartado aislado del proyecto, sino una condición de partida que afecta a decisiones de estructura, navegación, lectura y comprensión.

Con un incumplimiento mayoritario en la web privada y dificultades de uso que aumentan con la edad, la accesibilidad se perfila como un reto práctico para cualquier organización que dependa de canales digitales para atender, vender o prestar servicio.