Los jóvenes hiperconectados son los más diestros en tecnología y también los más expuestos al cibercrimen

ESET advierte de que la combinación de un uso intensivo de Internet y baja percepción del riesgo, incrementa la exposición de la Generación Z y los Millennials, con hábitos de protección más laxos que otros grupos y un impacto creciente en el entorno laboral.
15 de septiembre, 2025

«Hiperconectados pero desprotegidos» bien podría tratarse del título de una comedia juvenil pero, desgraciadamente, y según ESET, constituye una realidad tristemente palpable debido a la baja percepción del riesgo por parte de los llamados «nativos digitales», lo que les convierte en objetivo prioritario para los atacantes.

Para llegar a esta conclusión, la firma dedicada a la ciberseguridad se basa en datos de la National Cybersecurity Alliance que retratan a una generación para la que conectarse constituye un acto cotidiano, y que poseen más cuentas digitales que cualquier otro grupo de edad.

El 65% de la Generación Z y el 64% de los Millennials se consideran “siempre conectados” y acumulan más identidades online (para resumir de forma básica: nombre de usuario y contraseña), lo que multiplica puntos de entrada para un posible ataque.

Según ESET, el problema no se encuentra solamente en la amplitud de la experiencia digital, sino en la falta de una base de autoprotección y de hábitos consistentes, es decir, el conocimiento técnico se da por supuesto, pero a menudo no es sólido, y la protección de cuentas y dispositivos no acompaña el nivel de exposición.

Solo el 58% de los jóvenes usa contraseñas únicas para cada servicio, frente al 71% de los baby boomers, el 56% activa de forma habitual la autenticación multifactor (un segundo paso para validar la identidad además de la contraseña) y apenas el 44% aplica actualizaciones de software tan pronto como estas se encuentran disponibles. Estas prácticas, básicas para cerrar vulnerabilidades y evitar robos de credenciales siguen sin generalizarse.

La brecha entre confianza y seguridad se acentúa en el trabajo, dónde casi la mitad de los encuestados de entre 18 y 24 años considera molestas las herramientas corporativas de protección, un 31% admite haber intentado eludir políticas internas para ganar rapidez, y un 46% reconoce compartir información sensible con sistemas de inteligencia artificial sin autorización. Este comportamiento incrementa el riesgo para las organizaciones, que ven cómo decisiones individuales abren puertas a accesos no deseadas a los sistemas corporativos, y se pueden producir fugas de datos de terceras partes en su poder, con las temidas consecuencias legales de ello.

En paralelo, el entorno social y de ocio digital añade presión; los jóvenes muestran mayor propensión a caer en fraudes en redes, estafas románticas y campañas de phishing, favorecidos por la inmediatez en la respuesta y la tendencia a compartir información personal sin verificar.

La Agencia Nacional contra el Crimen del Reino Unido apunta, además, que seis de cada diez personas captadas para mover dinero de procedencia ilícita son menores de 30 años, un indicio de cómo los delincuentes se apoyan en esta franja de edad para operaciones de “mulas” financieras.

Para la sextorsión los ciberdelincuentes adoptan dos vías: el engaño para obtener imágenes íntimas, y la difusión de falsificaciones creadas con herramientas de inteligencia artificial capaces de generar desnudos falsos, con impacto emocional y social significativo.

El robo de cuentas afecta a perfiles en redes sociales, plataformas de juegos y mensajería, donde contraseñas débiles o repetidas y la ausencia de factores adicionales de verificación, facilitan el acceso no autorizado.

Las estafas online se apoyan en anuncios o mensajes que generan urgencia (a veces con deepfakes de celebridades o a través de cuentas comprometidas de amigos) para capturar credenciales o dinero. Y las descargas desde canales no oficiales, a menudo en busca de apps, juegos o contenido gratuito, exponen a malware, spyware y adware, aprovechando una mayor disposición a asumir riesgos con tal de no pagar.

Desde ESET proponen reforzar la higiene digital de este colectivo joven con medidas al alcance de cualquiera de estos usuarios. La reducción del riesgo pasa por descargar solo desde tiendas oficiales, revisar la reputación de los desarrolladores, mantener sistemas y aplicaciones al día, usar soluciones de seguridad de proveedores de confianza, desconfiar de enlaces y archivos no solicitados, y limitar la exposición de datos personales ajustando la privacidad en redes sociales.

También conviene cuestionar anuncios y mensajes en plataformas sociales (incluso si parecen proceder de contactos) y recordar una regla simple para la toma de decisiones rápidas: si una oferta suena demasiado bien para ser cierta, probablemente lo sea.